Hablo en mis artículos tanto de alegría, de esperanza, del gozo de vivir, que a veces me da miedo de estar fabricando fábulas en el alma de mis lectores. ¿Es que no veo el dolor? ¿Carezco de ojos para la sangre?
Lo sé muy bien: mentirla si pintase un mundo en el que nos olvidásemos de que «algunos sufren tanto, que no pueden creer que haya alguien que les ama», como dice el cardenal Hume. El dolor es la cortina negra que impide a muchos ver a Dios. Y no podemos ponemos unas gafas doradas para ignorar todo ese llanto.
Y voy a aclarar en seguida que no hablo de «nuestro propio dolor», sino del de los demás. El propio ya es suficientemente cruel como para que ignoremos de cuando en cuando su latigazo. El de los demás, en cambio, podemos ignorarlo, dejarlo entre paréntesis, encerrarnos en elghetto de nuestra propia felicidad como si nada hubiera más allá de nuestras alegrías.
Hay seres que tienen en este punto una especial sensibilidad. Recuerdo aquel poema de Roland Holst que confesaba: «A veces me es imposible conciliar el sueño por las noches, pensando en los sufrimientos de los hombres.» 0 aquellas otras palabras de Van der Meer: «Me es imposible desterrar de mi atención los sufrimientos de la humanidad. Todos los sufrimientos, corpora- les y espirituales. No quiero gozar de reposo mientras los pobres, los mendigos y los vagabundos, atenazados por el hambre y por el frío, están ahora durmiendo entre harapos en los túneles y en las escaleras del Metro, porque allí, en el enrarecido aire subterráneo se está caliente. Esta miseria me concierne. Es ahí, en esos cuerpos, en esos corazones, donde Jesús prosigue, de un modo misterioso, su pasión.»
A veces me pregunto si Dios no debería concedernos a todos los humanos un don, un don terrible. Concedámoslo una sola vez en la vida y sólo durante cinco minutos: que una noche se hiciera en todo el mundo un gran silencio y que, como por un milagro, pudiéramos escuchar durante esos cinco minutos todos los llantos que, a esa misma hora, se lloran en el mundo; que escucháramos todos los ayes de todos los hospitales; todos los gritos de las viudas y los huérfanos; experimentar el terror de los agonizantes y su angustiada respiración; conocer -durante sólo cinco minutos- la soledad y el miedo de todos los parados del mundo; experimentar el hambre de los millones de millones de hambrientos por cinco minutos, sólo por cinco minutos. ¿Quién lo soportarla? ¿Quién podría cargar sobre sus espaldas todas las lágrimas que se lloran en el mundo esta sola noche?