Decía Bernanos que el misterio de toda vida cristiana consiste en descubrir qué lugar del Evangelio nos ha sido destinado, qué frase evangélica fue escrita por y para nosotros. El novelista francés decía que todo cristiano ha tenido una antevida contemporánea a Cristo y que cada uno de nosotros se cruzó un día con Jesús en algún lugar de Palestina. Descubrir qué rincón es ése, qué palabra fue pronunciada por Cristo en ese encuentro sería la clave de toda vocación cristiana.
Bernanos mismo decía haber encontrado ya su “sitio” y se declaraba, como varios de sus personajes, “prisionero de la Santa Agonía”.
Hace falta realmente mucho valor para atreverse a centrar una vida en el Huerto de los Olivos. Yo, ciertamente, no me atrevería. Porque siempre que trato de asomarme, aunque sea fugazmente, a esta hora, siento que el vértigo se apodera de mí y es mas fuerte que yo. Pues, si he de ser sincero, he de confesarme a mí mismo que el vértice de la pasión de Cristo hay que situarlo mucho mas en la noche del jueves que en la tarde del viernes.
Y es que nos hemos obsesionado demasiado con la muerte física y material de Cristo. Resulta – no voy yo a negarlo – escalofriante que muera el Hijo de Dios vivo. Pero, en definitiva, ¿morir no es una simple consecuencia de haberse hecho hombre? Guillén ha cantado que, “para ser el hombre más humano”, Jesús tenía que sufrir y morir. Cristo no se disfrazó de hombre durante unos meses o años. No podía, pues, volver indemne a su cielo tranquilo.
Por eso pensaba Góngora que era mucho más importante la noche de Navidad que la tarde de la Agonía. Ya que – decía – “hay distancia más inmensa de Dios a hombre que de hombre a muerte”. Según ello, Cristo habría dado un gran salto de la eternidad al tiempo al venir a la Tierra, y un pequeño salto desde la vida a la eternidad a la hora de morir; un salto, en definitiva, gemelo al que antes y después que El, darían millones y millones de hombres.
Así las cosas – y si el lector no se escandaliza - podría preguntarse si no le habremos dado una excesiva importancia a la materialidad de esos sufrimientos y de esa muerte. Y hasta podría desconcertarnos que Cristo temiera y temblara antes de esa marcha que a muchos otros hombres no hizo temer ni temblar. Si la muerte de Cristo fuera importante sólo por el volumen de sus sufrimientos, habría que pensar que tanto o mas que El han sido torturados muchos otros hombres desde que el mundo es mundo. Y hasta podría pensarse que , vista desde afuera, la muerte de Jesús no tuvo más dignidad que muchas otras muertes.
En lo externo, la agonía de Cristo no tuvo el equilibrio de la muerte de Sócrates, ni la arrogancia de la de Alvaro de Luna, ni la paz de la de Juan XXIII. Ironizando, podríamos decir que muchos santos murieron “mejor” que El.
Tiene que haber, entonces, un misterio más hondo, algo que haga más vertiginosa la muerte de Cristo que el puro hecho de morir. La clave de la pasión de Cristo no pudo ser la anécdota de entregar la vida. El “cáliz” del que pedía ser dispensado tiene que ser distinto y mucho más terrible que espinas, azotes, clavos y cruz.
Y es que no se trataba simplemente de morir, sino ante todo y sobre todo de redimir, de hacer suyos los pecados del mundo. Todos. Ahora sí hemos entrado realmente en el vértigo. Porque no se trataba simplemente de “cargar” con los pecados del mundo, como se echa un saco sobre las espaldas. Una traducción demasiado literal del Agnus Dei nos ha acostumbrado a pensar que Cristo cogió o quitó los pecados del mundo como coge el faquín una maleta o como se quita un estorbo de sobre una mesa. Tomar así el pecado, como con pinzas, no hubiera resultado demasiado doloroso. Se hubiera tratado simplemente de vencer un poco el asco y de limpiarse luego las manos del alma con alcohol.
Pero eso no hubiera sido redimir. La redención lleva consigo el que la víctima tome literalmente el lugar del ofensor, haciendo suya la culpa, encarnándola de algún modo.
San Pablo, que no era demasiado amigo de metáforas, lo dijo aún más brutalmente al afirmar no sólo que Cristo hiciera suyos los pecados, sino que El mismo “se hizo pecado”.
Aquí sí que hemos llegado verdaderamente al terror. Y tenemos que contradecir a Góngora, pues “si hay distancia más inmensa de Dios a hombre que de hombre a muerte”, hay distancia mucho más inmensa de Dios a pecado que de Dios a hombre. El hombre no es lo contrario de Dios. Pero, asumiendo el pecado, Dios hacía suyo lo contrario de Sí mismo : volvía, podríamos decir, su alma del revés.