11 jun 2012

CORPUS CHRISTI en la Sierra


            Ahora, en Cazorla, se ha sentido también un hambre de noche de Jueves Santo. Los hombres que hacen la vida del Salto de los órganos para abajo, los que se mueven junto a la Fuente de la Lana o bajo la alta sombra del castillo, no han querido contener el viejo grito del corazón que pide su Pan de vida para siempre y se van a reunir para que ya desde ahora, cada hombre tenga una fiesta de Corpus por todo el año. Juntos han hablado de lo maravilloso que sería que todas las criaturas de la sierra vivieran dentro de sí esa fiesta continua que es la misma de sol a sol, aunque sea sin aparente variación, al ritmo del hacha, encarrilando el ganado o zurciendo en casa la ropa de los hijos. En la idea late un milagro de salvación colectiva, pero ¿amanece a la par en todos los corazones? ¿Hay a todas horas luces en la mente y fuerzas en la voluntad?
            Nadie lo dijo, pero todos a la vez pensaron en la gran Aurora. La Eucaristía tiene un diccionario de trigo y de harina, de viñas y de mosto, pero entonces María siente el reclamo desde su Santuario y abre en el eje de la sierra la espiga de sus entrañas. Ahora, a nadie le va a sorprender que en junio se abra una noche de Belén y que el olor a romero de los manteles eucarísticos tengan un aire de arca nazarena. Inesperadamente, sobre la ciudad ha aparecido una Mesa ancha y sencilla que tiene reserva para todos. Allí se van a sentar ese arco iris de gentes que va del monte a las casas anchas del pueblo. Estarán brazo a brazo, con la frente limpia y el corazón latiendo con fuerza, hasta que empiece a entrar un olor a horno de Cielo y venga la Madre común y a ricos y a pobres les enseñe a partir el Pan, mientras dice:
            -“Comed todos, hijos, que este es Pan de Gloria, amasado por el Espíritu de Dios en la harina candeal de mis entrañas”
Y muchos la mirarán y también a la par al blanco de la Hostia, y notarán que de pronto les empieza a rodar por la frente y el corazón, la película de un mozo robusto que nació en un pesebre, vivió muchos años de oscuro carpintero, acarició a los niños, cicatrizó las heridas, resucitó a los muertos de la carne y el corazón, amó tan arrebatada y abiertamente como el cielo de la ancha Andalucía, con frenesí, abriéndose el pecho más a cada ingratitud, extendiendo las manos y dejándoselas clavar para que no se las rindiera el cansancio y quedara ya así su abrazo para siempre.
            Los  que nunca se sentaron a esta Mesa, ni supieron de esa Vida, descubrirán ahora que a Cristo le conocieron ya al borde de un camino y que desde entonces empezaron a añorarle. Iba al fondo de dos ojos puros, grandes y abiertos como soles, radiantes como hostias. De su lado y a sus pies le tintineaban a la vez las cuarenta campanillas de una mañana de Corpus Christi. Ella –y Él en Ella- le miraron y ya el corazón, sin saberlo, jamás dejó de pedirle de aquella substancia de eternidad.
            Cristo, María: ¿por qué se pasa tan fácil de uno a otro de vosotros por esa senda que se llama Eucaristía? ¿por qué es tan sencillo no herir, amar y perdonar de vuestra mano? Dante lo dijo: “Mira la cara que más semejanza tiene con Cristo. Sólo ella puede ayudarte a ver a Cristo”.

Beato Manuel Lozano Garrido, periodista

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